Noticias BSC|5 agosto, 2013 13:49 | 3.084 Leídas

¡Chucho era todo corazón!

¡La muerte es una instancia tan severa…! Y a veces ilógica, injusta, incomprensible tremendamente absurda. Mantiene por años en estado vegetal a un anciano desahuciado y se lleva a un muchacho de 27, en apariencia saludable, fuerte, pletórico de vida, deportista de élite, alegre, feliz por lo que el destino le estaba deparando. Un í­dolo además.

“Murió Christian Bení­tez”. Una llamada nos anotició el lunes por la mañana, así­, a quemarropa. ¿Qué Christian Bení­tez…?, preguntamos, porque uno siempre piensa que es otro. O inconscientemente desea que sea otro. Pero la respuesta cae como una maza: “Chucho Bení­tez, el delantero de Ecuador”. La información causó estupor mundial. No es natural que fallezca, repentinamente, una persona vital, en su total plenitud fí­sica, intelectual, emocional.

En la cancha era todo corazón, justamente su rasgo distintivo: una entrega absoluta, pujanza, potencia, entusiasmo, ambición. Daba todo. Ahora sabemos que tení­a un corazón delicado, frágil. Un caso increí­blemente similar al del ‘Búfalo’ Juan Gilberto Funes. La palabra toro le quedaba chica al centrodelantero argentino, era un ciclón atacando, se llevaba tres marcadores a la rastra, iban agarrados del pantalón, colgados de la camiseta de Funes. Y él como si nada, no los sentí­a. Después despedí­a un misilazo al arco. Así­ marcó dos goles que le dieron a River su tan anhelada primera Libertadores en 1986, en las finales frente al América de Cali.

Y guapo, atrevido, fuerte como Chucho. Era el afiche de la salud. Sin embargo, el tic tac de su reloj interior corrí­a más aprisa de lo debido. En 1989, cuando estaba a punto de firmar contrato con el Niza, un médico francés dijo que algo no funcionaba bien en su corazón. “Endocarditis protésica”, fue el odioso dictamen. No debí­a jugar más, aconsejaban. “¿Qué…? Me quieren perjudicar…”, se quejó el mastodonte. “Estoy perfecto, se arrepintieron de hacer la transferencia y ahora me ensucian con esto para justificarse”. Rabioso, se volvió a la Argentina, a Vélez. Siguió jugando. “¿Ven…? Estoy más sano que nunca”. Lamentablemente, tení­a razón aquel doctor del Niza: el corazón se le seguí­a agrandando, eso era lo que producí­a la endocarditis. Se le agrandó hasta explotar. Veintiseis años tení­a cuando se le detectó la afección, 29 al morir; tres años de cruento y progresivo deterioro.

Lo de “Chucho” fue intempestivo, y por ello más inverosí­mil acaso. Uno lamenta al ser humano, desde luego, al joven optimista y alegre, al padre feliz. Pero, aunque sea lo de menos, también se pierde un gran jugador, un delantero de alma, penetrante, incisivo, de arranque incontenible. Ya habí­a estado en el Mundial de Alemania, pero era pichón todaví­a. Su magní­fica carta de presentación fue la Copa América de Venezuela. A despecho de la eliminación temprana de Ecuador, él brilló ante el público internacional. Y luego todo lo que vino atrás. Tení­a 21 años.

El 2 de julio de 2007, bajo el tí­tulo “Que haya humildad en el análisis”, escribí­amos en El Universo:

“Ecuador queda fuera de carrera siendo más que Chile y sin ser menos que México, al que le creó buenas posibilidades de gol.

En el balance, hay puntos positivos y negativos. Entre los primeros está, sin duda, Christian Bení­tez, el mejor futbolista ecuatoriano por varias vueltas de ventaja. Encarador, peligroso, veloz, potente, ambicioso. Va a ser un arma fundamental en el intento de llegar a Sudáfrica. Si el precio de la derrota fuera descubrir un jugador de gran nivel, bien vale quedar fuera de una Copa América.

“Junto con Antonio Valencia, Bení­tez es el mejor rostro de la renovación, aunque ubicamos un escalón más arriba a éste último.”

El 16 de noviembre de 2011, tras la victoria sobre Perú por 2 a 0 en la actual Eliminatoria, con el tí­tulo “Letra y música, Bení­tez y Méndez”, volví­amos a ponderar su desempeño: “El triunfo se explica únicamente desde el resultado. Un triunfo que ‘inventó’ Chucho Bení­tez con una corajeada. Capturó la bola en mediacancha, trabó fuerte frente a Retamoso y encaró con extraordinaria decisión, derecho al arco; pasó como poste a Revoredo, esquivó a Ramos y se la sirvió a í‰dison Méndez para que éste abriera la persiana peruana.”

Le criticaban que fallaba algunos goles, pero desparramaba defensas, convertí­a él o hací­a convertir a otros a causa del desequilibrio que generaba con su potencia y sus indescifrables quiebres y salidas a derecha o izquierda. Tení­a muchí­simo por dar, le quedaban no menos de seis años buenos. Todo el mundo del fútbol saludó su partida con cariño, dolor y respeto.

Lo va a a extrañar la Selección. Llorará la ausencia de su fútbol rebelde, sentirá la falta de su sonrisa contagiante. Tendrá una prueba de carácter frente a Bolivia la Tricolor, aunque su recuerdo puede obrar como aliciente, como generador de mí­stica. En vida se despidió campeón y goleador. La idolatrí­a es el premio que acaba de ganar. Y si Ecuador logra el pasaje al Mundial, será su conquista post mortem.

Lo extrañaremos en los análisis de la Eliminatoria. Hasta siempre, campeón.

 

Fuente: El Universo

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